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INFOBAE: La vida y el triunfo de la primera mujer argentina que se recibió de médica a pesar del escarnio y los prejuicios

29Aug

Cecilia Grierson, su vocación, su paciencia y su coraje pudieron más que la estupidez y la ceguera de los hombres. Una historia de lucha y superación

 

Buenos Aires, 1883. Tiempo de galeras lustrosas y levitas como colas de patos negros. Desde hace tres años gobierna el tucumano Alejo Julio Argentino Roca, del Partido Autonomista Nacional. Político y militar, lo llaman El Zorro. Por su astucia, claro. Tanta, que gobernará hasta 1898: dos presidencias. Lo preceden hazaña y gloria: entre 1878 y 1879 acabó con el indio. Desierto conquistado.

Buenos Aires, 22 de noviembre de 1859. El matrimonio Paris Robertson Grierson-Jane Duffy recibe a una beba rojiza y de ojos azules. La anotan como Cecilia, y será la primera de sus seis hijos: Catalina, David, Juan, Tomás y Diego. Su padre desciende de inmigrantes escoceses. Su madre, de irlandeses. Sangres indómitas.

Cecilia crece a campo abierto: una colonia escocesa en Entre Ríos. Se educa -letras primarias- en un colegio inglés. Tiene 13 años cuando muere su padre. La vida aprieta, de modo que empieza a dictar clases como maestra rural… sin título. Poco importa: era algo común en esos días y esas soledades. El sueldo lo cobra su madre. Después emprende su camino a Eldorado: Buenos Aires. A los 19 se recibe de maestra y dice, y repite, y se repite: “Nací para ser maestra”. Pero un naipe perdedor la marca: se muere su amiga Amalia Kenig. Pulmones enfermos. Cecilia se quiebra: hizo todo para ayudarla a vivir.

Y ese dolor es su Camino de Damasco: la luz que cegó e iluminó a Saulo de Tarso, luego San Pablo. “¿Qué hacer para curar, para salvar?“, se pregunta. Y de pronto está parada frente a la Facultad de Ciencias Médicas.
Pregunta qué debe hacer para inscribirse y se le ríen. Y la rodean estudiantes. Muchachones de galera y levita y -algunos- palco en el Colón: la gran cita social desde 1857. Pero detrás de sus risotadas ignoran quién es y de qué es capaz esa chica de 23 años, cara redonda, ojos azules, sangre escocesa, sangre irlandesa, ánimo incansable. Es 1883.

Las sucesivas insistencias y rechazos llegan hasta lo más alto: el Consejo Nacional de Educación (hoy Ministerio). Allí ha reinado Sarmiento, que ha vivido fundando escuelas desde sus 15 años. Ya no es nada. Morirá en el Paraguay dentro de cinco años. Pero algo ha quedado de su simiente, porque -aunque tapándose la nariz- el director le concede el permiso. Y en marzo de 1883, altiva, orgullosa, como si su sexo no importara, se sienta en uno de los grandes escaños de la cátedra. ¡Victoria!

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