La historia de las mujeres es la historia de una discriminación cronificada.

La violencia ejercida contra las mujeres y niñas es una manifestación extrema de desigualdad y una herramienta, a veces mortal, para mantener su situación subordinada. Se trata de un grave problema social, global, de impacto internacional causante de más muertes que cualquier guerra conocida. Según el “Estudio mundial sobre el homicidio 2011” realizado por UNODC, casi el 50% de las víctimas mujeres, murieron a manos de miembros de su familia o de sus parejas frente al 6%, en el caso de los hombres.

Las distintas caras de la violencia de género solo pueden entenderse con perspectiva internacional, porque traspasan fronteras y transcienden de lo privado a lo público, lo que ha dado lugar a una nueva modalidad de violencia forjada al socaire de las nuevas democracias: La violencia de género institucional. La alta nocividad de esta tipología de violencia, ejecutada desde las entrañas institucionales de lo público, la ha convertido en una cuestión de Derechos Humanos prohibida expresamente por la CEDAW, el Convenio de Estambulo la Convención Belem do Pará, entre otras herramientas internacionales que se ocupan de sancionar a los Estados que la practican, y casi ninguno se libra.

Lea la nota completa aquí